El Tiempo Ordinario puede parecer poco llamativo. No tiene la intensidad de Adviento ni la profundidad penitencial de la Cuaresma. Sin embargo, precisamente por eso, es uno de los momentos más honestos del año litúrgico. Nos recuerda que la mayor parte de la vida —y del amor— se vive sin fuegos artificiales, en la espera, la constancia y la fidelidad cotidiana.
Para quienes están solteros y discerniendo una relación, esta etapa del año ofrece una lección valiosa: no todo proceso importante necesita prisa. Vivimos en una cultura que empuja a resultados rápidos, decisiones inmediatas y definiciones constantes. En el mundo de las citas, esto se traduce en ansiedad, comparaciones y la sensación de que algo “debería” estar pasando ya.
El discernimiento cristiano no funciona así. Discernir no es acelerar una decisión para aliviar la incertidumbre, sino aprender a permanecer atentos mientras Dios va aclarando el camino paso a paso. El Tiempo Ordinario nos enseña que Dios actúa también —y muchas veces sobre todo— cuando no parece estar pasando nada extraordinario.
En el ámbito de las relaciones, la paciencia no es pasividad. Es una disposición activa del corazón que permite observar, escuchar y conocer sin presionar ni idealizar. Es dar espacio a que una persona se muestre tal como es, sin forzar conclusiones prematuras ni cerrar puertas por miedo a perder tiempo.
Muchas frustraciones en el mundo de las citas nacen del deseo de controlar el proceso: querer saber desde el principio si “esto va a funcionar”, si “vale la pena”, si “es la persona correcta”. El Tiempo Ordinario nos recuerda que el amor auténtico se revela con el tiempo. La claridad no siempre llega al inicio; muchas veces se construye en la perseverancia.
Este tiempo litúrgico también invita a revisar nuestras expectativas. ¿Buscamos una relación que confirme nuestras inseguridades o una que nos ayude a crecer en verdad y libertad? ¿Estamos dispuestos a esperar lo necesario para discernir bien, o buscamos respuestas rápidas para evitar el riesgo de confiar?
La paciencia en el discernimiento no significa quedarse inmóvil. Significa avanzar sin prisa indebida, con oración, honestidad y apertura. Significa aceptar que no todas las conversaciones llevarán a una relación, y que eso no es un fracaso, sino parte del camino. Cada encuentro bien vivido, incluso si no prospera, puede formar el corazón.
El Tiempo Ordinario nos entrena para amar sin dramatismos innecesarios, sin idealizaciones irreales y sin ansiedad constante. Nos enseña que la fidelidad diaria, la coherencia y la calma interior son terreno fértil para que Dios obre. En las relaciones, como en la fe, lo ordinario bien vivido prepara el terreno para lo extraordinario.
Que este Tiempo Ordinario sea una oportunidad para discernir con paciencia, confiar con serenidad y recordar que el amor verdadero no se apresura, porque sabe esperar.
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