San Pablo Miki no murió por un error ni por una acusación falsa cualquiera. Murió por algo que muchos hoy consideran incómodo: vivir su fe con coherencia y anunciar a Cristo sin negociar su verdad.
Nació en Japón en el siglo XVI y se convirtió al cristianismo en un contexto donde seguir a Cristo no era popular ni seguro. Aun así, eligió ser jesuita y predicar el Evangelio abiertamente, sabiendo que eso podía costarle la vida. No buscó el martirio, pero tampoco huyó cuando llegó el momento.
Fue arrestado junto con otros cristianos y llevado en un largo y humillante recorrido público. Querían que entendiera el mensaje: creer en Cristo tenía consecuencias. Sin embargo, en lugar de odio o miedo, Pablo Miki respondió con paz. Desde la cruz, antes de morir, habló de perdón, de fe y de amor incluso hacia quienes lo estaban ejecutando.
Su testimonio nos confronta hoy, especialmente a los católicos solteros. No porque estemos llamados al martirio físico, sino porque muchas veces evitamos el “martirio cotidiano”: decir la verdad con caridad, poner límites, vivir la fe con coherencia en nuestras relaciones y no conformarnos con vínculos que nos alejan de Dios.
En el mundo de las citas modernas, es fácil suavizar convicciones para encajar, callar valores para no incomodar o aceptar relaciones que no llevan a ningún lado por miedo a estar solos. San Pablo Miki nos recuerda que el amor verdadero siempre está unido a la verdad, y que seguir a Cristo nunca es cómodo, pero siempre vale la pena.
Amar como cristianos no significa ser rígidos ni perfectos. Significa ser honestos, íntegros y valientes. Significa confiar en que Dios no quita nada, sino que lo da todo, incluso cuando el camino se vuelve estrecho.
Que el ejemplo de San Pablo Miki nos anime a vivir nuestra fe sin miedo, también en el amor y en la manera en que elegimos a quién abrirle el corazón.
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