“Yo les aseguro que a todo aquel que me reconozca abiertamente ante los hombres, el Hijo del hombre lo reconocerá ante los ángeles de Dios.” (Lucas 12, 8)
En la búsqueda de pareja existe una tentación silenciosa: suavizar la propia fe para no parecer “demasiado”. Se omite en el perfil, se esquiva en la primera conversación, se deja para “más adelante”. Parece prudencia, pero muchas veces es simplemente miedo a ser rechazado.
Un santo que no supo esconderse
San Ignacio de Antioquía, obispo de los primeros siglos del cristianismo, fue llevado encadenado desde Siria hasta Roma para morir por su fe. Durante el viaje escribió cartas a varias comunidades cristianas, y en ellas no aparece un hombre resignado ni avergonzado, sino alguien profundamente libre. Fue también el primero, según los escritos que conservamos, en llamar “católica” a la Iglesia. Para él, la fe no era un detalle privado. Era el centro de quien era.
Reconocer a Cristo también en el amor
Las palabras de Jesús no se refieren solo a tribunales y persecuciones. También tocan las decisiones pequeñas de cada día. Reconocer a Cristo ante los demás puede significar decir con naturalidad que la Misa del domingo es importante para usted, que desea un noviazgo vivido con pureza, o que sueña con un hogar donde se rece en familia.
Quien esconde su fe para agradar corre el riesgo de atraer a alguien que nunca la compartirá. Quien la muestra con sencillez, sin imponerla, le permite a la persona adecuada reconocerlo.
La fe que usted esconde para agradar es precisamente lo que la persona correcta está buscando en usted.
No se preocupe por qué decir
Jesús añade una promesa: “el Espíritu Santo les enseñará en aquel momento lo que conviene decir” (Lucas 12, 12). Muchos solteros temen hablar de su fe porque no saben cómo hacerlo sin parecer rígidos o insistentes. No hace falta un discurso. Basta con la verdad dicha con amabilidad, una sonrisa y un testimonio coherente.
San Pablo pide a Dios que ilumine los ojos del corazón de los creyentes para que comprendan la esperanza a la que han sido llamados (Efesios 1, 18). Esa luz es la que usted puede ofrecer en cada conversación: no una lista de exigencias, sino la alegría de alguien que sabe hacia dónde camina.
Una identidad, no un requisito
Su fe no es una casilla más en su perfil. Es la forma en que usted ama, perdona, espera y elige. Mostrarla desde el principio no cierra puertas; abre las correctas.
¿En qué momentos de su búsqueda ha preferido callar su fe, y qué cambiaría si la compartiera con sencillez y alegría?
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