Por sus frutos los conocerán: cómo discernir en una nueva relación
"Por sus frutos los conocerán." (Mateo 7:16)
Es común, al conocer a alguien nuevo, escuchar frases como "yo también soy católico" o "la fe es muy importante para mí". Estas palabras son alentadoras, sobre todo para quienes buscan una relación construida sobre valores compartidos. Pero, ¿cómo se distingue entre alguien que realmente vive su fe y alguien que simplemente la menciona porque sabe que es lo que se espera escuchar?
El discernimiento —esa capacidad de observar con atención y paciencia antes de comprometer el corazón— es una de las herramientas más valiosas en cualquier proceso de noviazgo serio.
Las palabras son un comienzo, no una conclusión
No hay nada de malo en que alguien exprese su fe abiertamente desde el principio. De hecho, puede ser un buen punto de partida. El problema surge cuando esas palabras se convierten en el único criterio de evaluación, sin darle tiempo a la relación para revelar si existe coherencia entre lo que se dice y lo que se vive.
La fe, como cualquier valor profundo, se demuestra con el tiempo: en la manera de tratar a los demás, en cómo se enfrentan los desacuerdos, en la disposición a perdonar y en el respeto hacia los límites del otro. Ninguna de estas cosas se puede evaluar en una sola conversación.
Señales que vale la pena observar
Hay ciertos comportamientos que, con el tiempo, ayudan a confirmar si los valores compartidos son reales:
La constancia: ¿la persona vive su fe de manera consistente, o solo la menciona en ciertos momentos convenientes?
El respeto: ¿trata a los demás —no solo a usted— con consideración y dignidad?
La humildad ante el error: ¿es capaz de reconocer cuando se equivoca, o siempre busca justificarse?
La paciencia en el proceso: ¿respeta los tiempos de la relación, o presiona para avanzar más rápido de lo que usted se siente cómodo?
Ninguna de estas señales, por sí sola, define completamente a una persona. Pero juntas, con el tiempo, ofrecen una imagen mucho más clara que cualquier declaración inicial.
El discernimiento no es desconfianza
Algunas personas temen que observar con cuidado signifique ser desconfiadas o exageradamente cautelosas. No es así. El discernimiento no nace de la sospecha, sino del respeto: hacia uno mismo, al no apresurar decisiones importantes, y hacia la otra persona, al darle el tiempo necesario para mostrarse tal como es.
Una relación que vale la pena construir no se ve amenazada por el tiempo ni por la observación honesta. Al contrario, se fortalece con ella.
Si está en proceso de conocer a alguien nuevo, no tema dejar que la relación se desarrolle con naturalidad. Las palabras importan, pero son los frutos —la manera en que esa persona vive día a día— los que realmente revelan quién es.
¿Qué frutos está usted buscando en una persona, más allá de las palabras que pueda decir en una primera conversación?
Comentarios (1)
Totalmente de acuerdo: conocemos a los demás discerniendo.
Esta no es una crítica a los cristianos, pero tampoco están exentos de esto. Durante años he podido constatar que muchas personas no disciernen sus relaciones personales. Cuando comenzamos a conocer a alguien, recibimos muchos "datos" de parte de aquel a quien estamos tratando: sus palabras, su voz, sus gestos, sus comportamientos, su conducta. Procesamos e interpretamos por encima, e igual descubrimos si posee o no convicciones, valores, etc. De todos esos "datos", muchas personas deciden involucrarse con otra por las cosas que más les gusta de ella; se decantan por aquello que las fascina profundamente —el encanto, el estilo o la personalidad superficial que ostenta el otro— y también por todas aquellas fortuitas coincidencias en gustos, haciéndoles sentir que eso las acerca al otro. Pero apagan su cerebro para ignorar lo demás, que es lo más grave y vital. Asumen que las personas son imperfectas, pero al carecer del criterio para juzgar que, cuando alguien muestra una incongruencia constante o actitudes y conductas contradictorias —algunas claramente censurables, cuestionables o peligrosas—, estas señales no deben dejarse pasar por alto. Para este tipo de personas, resulta "normal" que alguien pueda ser un ángel y un demonio a la vez.
Muchas mujeres piensan que hay que poseer un arsenal de conocimientos y estrategias para evitar y contener la parte demoníaca de esa "cosa hermosa" que se han conseguido como novio, y se predisponen de continuo para evitar que el lado demoníaco se manifieste contra ellas. "¿Cómo puedo ser o qué debo hacer para que mi novio no me sea infiel?" (cuando ella sabe qué clase de ficha es el tipito). El problema para esta joven no es si el chico es bueno, íntegro o una mala persona; lo importante para ella es saber cómo "hackear" el cerebro del patán que ha elegido como pareja. Piensa que hay un conocimiento secreto que le permitirá domesticar la parte diabólica de su enamorado: ese conocimiento de iniciadas, esa sabiduría de iluminadas y experimentadas mujeres machistas heredada por generaciones; un conocimiento casi místico y legendario que, si bien es verdad que les ha ayudado a sobrevivir a los hombres, les crea la ilusión de que existe un saber que las blindará contra la infidelidad y otras ignominias masculinas.
Sé que este planteamiento parecerá grotesco y simplista, pero es la verdad, una verdad, verdaderísima: ¡¡lo he vivido yo!! Esa clase de planteamientos recibía en mi juventud, como si yo fuera una enciclopedia que conocía el libro de recetas de viejas de experimentada y probada sabiduría: Claro que sí! Aunque la manipulación tiene su alcance, y no puede conseguirlo todo.
El relativismo moral y el desdibujamiento del sentido del bien y del mal... ¿Qué nos pasó? Las personas no disciernen porque su estructura mental les permite hacer la síntesis de todos los "datos" que recibe del otro para así poder definir o concluir: "Esta persona tiene muchas incongruencias, no me conviene, no es una buena persona o no es adecuada; lo bueno que parece ostentar no se sostiene, carece de profundidad y cohesión con la bondad". Por lo tanto, quien ha discernido toma la mejor decisión.
"Es supertrabajador, superamable, interesante, respeta a su madre..." Sí, pero porque es su madre. Delante de ella dice: "Espera, madre, estoy hablando con una perra", y su madre ni se inmuta. Lo mismo hace delante de su abuela, su hermana, su prima; pero es un ególatra: solo las mujeres de su casa son intocables y valiosas, pero no por ser mujeres, sino porque son sus parientes. Aun así, el tipo reluce de virtudes delante de otros y sobre todo de muchas mujeres; ofrece esto y aquello. La dama —su presa, digo, su posible relación— está encantada y embelesada por la Gracia que aquel destila, y va para adelante, habiendo apagado su inteligencia. Este es un extraño poder femenino que escapa a mi comprensión y que me hacía sufrir como amigo. El tipo no es solo una persona inconsciente o malvada, es además un narcisista patológico. ¿Qué podría salir mal, verdad?
La mujer no quiso ver cómo era él con sus empleados; omitió cómo devaluaba o subestimaba a los demás reiteradamente. Sus rasgos y actitudes prepotentes le parecieron los de una personalidad segura que demostraba poder sobre su entorno. Se casaron y el resultado es una batalla perdida para esa mujer: dos hijos y un tipo que le decía constantemente que, si no fuera por él, ella no valdría nada. "No puedes hacer nada; no puedes con lo que cualquier otra mujer puede hacer". Si un hijo tenía un problema en el colegio: "Mira lo que le hicieron al niño, ¡qué clase de madre eres!, no sirves para nada, ni como madre". Claro, todo eso no llegó de golpe, se fue configurando; el narcisista es un hábil tejedor. Su reluciente esposo —el demonio con el que se casó— fue metiéndose en su cabeza, robándole su vitalidad hasta dejarla seca y marchitar su belleza, su altivez, su orgullo, su autosuficiencia... todo se lo quitó. Un enano moral lleno de complejos; en estos casos, una persona con un trastorno de la personalidad, devoró una vida.
¿Por qué una mujer, así como muchas católicas, terminó en un infierno como ese? Pues por la falta de conocimiento de sí misma, por la falta de claridad sobre lo moral, incluso por una superficialidad religiosa y, por supuesto, por su incapacidad para discernir (o su negativa a hacerlo); y todo ello la condenó a un sufrimiento casi irreparable, cuando la vida no se puede emborronar, ni retroceder en el tiempo. Ahora, llena de heridas y marchitada en cuerpo y espíritu, tiene que reconstruirse, sola y sin querer a nadie en su vida. Y esta historia matizada duele porque es lo que le hicieron... digo, lo que una amiga permitió que le hicieran. Ese día lloramos juntos y el dolor se mezclaba con un odio que me secaba la boca, amarga hiel que no debía permitirme más.
A los 23 años conocí a una chica. En un momento le escribí una pequeña notita: "No quiero tu amor, sino encontrarte en el amor". Me puse misterioso y, llena de dudas, ella consultó con su psicólogo, quien le dijo: "Él no está interesado realmente en ti". Yo le expliqué lo que quise decir. Mis palabras de esos años no son muy diferentes de las que me saldrían ahora: "No quiero tu amor" significa que no busco que me des cosas, que tengas una devoción por mí o que vivas para complacerme solo porque tienes un interés romántico hacia mí. "Encontrarte en el amor" significa que quiero saber cómo amas al mundo, cómo eres con los demás, cómo eres con los indefensos, con los animalitos, etc. Mi referencia para saber si puedes amarme no es lo que me puedes dar, sino qué tan capaz de amar eres; de esa forma sabré si me puedes amar y si tu afecto es creíble y genuino. El concepto de "CAPAZ" no estaba en mi mapa mental en ese entonces, pero estas palabras son una aproximación a lo que le dije a esa pequeña alma atormentada. Tal vez ninguno de los dos entendía la magnitud de aquellas palabras, pero ella las recibió con felicidad.
Puntos vitales a tomar en cuenta para discernir cómo es una persona:
—La constancia y la consistencia: Es verdad que lo que nos caracteriza en la vida suele ser todo lo contrario (como lo muestra el padre Larrañaga en algunos de sus libros). La cuestión es evaluar qué hay detrás de una persona con poca constancia y consistencia en su práctica y vida cristiana, igual esa persona necesita de nosotros. O si somos negativos, pues que esa persona solo actua el papel de persona religiosa.
—El trato a los demás: Es uno de los principales referentes —si no el principal— para discernir. ¿Ama, o su "amor" es una elaborada construcción para poder alcanzar mi amor o porque cree que va a intercambiar su afecto por el mío? Si me favorece solo a mí, si solo es genial conmigo, es porque tiene un interés personal y no es así a tiempo completo.
—El "HumildóMetro": Nunca debemos temer al conflicto o al roce, pues en esas situaciones se ponen en juego las virtudes y queda expuesta la naturaleza de las personas. Resolver con humildad, saber ceder, reconocer los errores y no ser inflexibles con las faltas de otros, son notas claves para usar el humidómetro. Te compartiré mi criterio más importante sobre este tópico, es vivido y vital: "En el conflicto se revelan los corazones". ¿Lo puedes ver, cierto?
—La paciencia en el proceso: Nunca había pensado en esto tan profundamente. Finalmente, cuando nos emparejamos, vivimos procesos o nos encontramos estados de vida distintos, por no decir que nos aventajamos unos a otros en aspectos materiales, madurez, sabiduría y experiencias. Claro que debemos ser sensibles respecto a que las relaciones asimétricas pueden ser problemáticas. Pero, últimamente, nadie está "acabado" ni terminado a las 25 primaveras de su vida, ni mucho menos a los albores de la mediana edad. Siempre podemos cambiar; el cerebro aún puede ser moldeado y seguimos creando nuevas sinapsis. Nunca dejamos de cambiar, madurar y conocernos a nosotros mismos, Dios mismo no descarta irrumpir gloriosamente en una vida que se suponía estaba resuelta. Por lo tanto, si dos almas hermosas se juntan, podrán entender el proceso del otro, crecer juntas, enseñarse mutuamente y crear un proyecto en conjunto. Por el contrario, si el alma es orgullosa, no solo no querrá aprender, sino que someterá al otro y exigirá que se adapte al momento de vida de esa persona. La medida y la pista de todo esto te las dará el HumildóMetro.
El autor de la entrada escribe:
"Algunas personas temen que observar con cuidado signifique ser desconfiadas o exageradamente cautelosas. No es así. El discernimiento no nace de la sospecha, sino del respeto: hacia uno mismo, al no apresurar decisiones importantes, y hacia la otra persona, al darle el tiempo necesario para mostrarse tal como es."
No podría agregar otra cosa. El discernimiento es simplemente el uso de nuestra razón para permitirnos decidir y ejercer nuestra libertad en función del bien propio; nos asegura que nuestras decisiones no nos coloquen en peligro. Es el filtro y la rienda de nuestras convicciones, con las cuales evaluamos a todos y al mundo y, además muestra cómo estas últimas dan sentido y forma a lo que somos y a lo que queremos vivir.
El discernimiento no nace de una búsqueda egoísta: también considera al otro. Discernir no es evaluar una lista de datos sobre otra persona; no es un examen ni una elaborada trama de estrategias para probar la valía de otra persona. Es, finalmente, una búsqueda de la verdad sobre nosotros mismos y sobre el otro.
Bendiciones.