Jesús ascendió al cielo… y sin embargo prometió no abandonarnos jamás. ¿Qué significa eso para ti, hoy?
Hay un momento en las lecturas de la Ascensión que a veces pasa desapercibido.
Jesús está a punto de ascender al cielo. Sus discípulos lo están mirando. Han pasado cuarenta días desde la resurrección — cuarenta días de conversaciones, de apariciones sorpresivas, de dudas resueltas y de maravillas que no cabían en ninguna explicación. Y ahora... Él se va.
Pero antes de irse, dice algo que lo cambia todo:
“Yo estoy con ustedes siempre, hasta el fin del mundo.” (Mt 28, 20)
No “los voy a extrañar.” No “cuídense.” No “les mando noticias.”
Estoy con ustedes. Siempre.
LA PARADOJA DE LA AUSENCIA
La Ascensión es una fiesta extraña si la piensas bien. Celebramos que Jesús... se fue. Que los apóstoles se quedaron mirando al cielo mientras una nube lo cubría, y tuvieron que escuchar a dos ángeles decirles, con suavidad pero con firmeza: “¿Qué hacen aquí parados mirando al cielo?”
Buena pregunta.
Y sin embargo, lo que vino después es revelador: los apóstoles no entraron en pánico. No se dispersaron. No dijeron: “ya se acabó todo.” Regresaron a Jerusalén, subieron al cenáculo, y se pusieron a orar — juntos, con María, con las mujeres y con los hermanos del Señor.
Esperaron. En comunidad. En oración. Con confianza.
Eso es exactamente lo que Jesús les había pedido.
¿QUÉ TIENE QUE VER ESTO CONTIGO?
Si eres soltero o soltera en este momento de tu vida, quizás conoces muy bien la sensación de esperar algo que aún no llega.
Esperas que aparezca esa persona. Esperas que se abra esa puerta. Esperas que Dios actúe de la manera que le has pedido, con la urgencia que le has explicado, en el tiempo que ya empezó a sentirse largo.
Y a veces, en esa espera, te preguntas: ¿me está escuchando?
La Ascensión no responde esa pregunta con una fecha ni con una promesa de “pronto.” La responde con algo más profundo: con una presencia.
Jesús no dice: “algún día estaré contigo.”
Dice: “Yo estoy con ustedes siempre.”
No en el futuro. Ahora.
LA ESPERA QUE TRANSFORMA
En el Libro de los Hechos, los discípulos esperan entre la Ascensión y Pentecostés. Ese tiempo de espera no fue un paréntesis vacío. Fue una preparación silenciosa.
Algo se estaba formando en ellos — no afuera, sino adentro.
Cuando Dios nos hace esperar, no nos abandona en ese tiempo. Lo habita. Lo llena. Lo usa para hacer en nosotros lo que nosotros solos no podríamos hacer.
¿Cuántas veces, mirando hacia atrás, has podido ver que un período de espera — doloroso, largo, incomprensible — fue exactamente lo que necesitabas para llegar a donde estás ahora?
La soledad, cuando se la entrega a Dios, no es un error en el mapa. Es parte del camino.
UNA MISIÓN PARA HOY
El relato de la Ascensión no termina con los apóstoles mirando al cielo. Termina con una misión:
“Vayan y hagan discípulos a todas las naciones.” (Mt 28, 19)
Jesús no los deja sin tarea. Los envía. Y promete acompañarlos en ese envío.
Tú también tienes una misión hoy — antes de que llegue “esa persona”, antes de que cambie tu estado civil, antes de que se resuelva lo que estás esperando.
La misión es ser luz donde estás. Ser testigo de la esperanza que tienes dentro. Orar con fidelidad. Amar sin calcular. Vivir con el corazón abierto.
Eso no es “plan B mientras espero el plan A.”
Eso es el plan.
UNA ORACIÓN PARA HOY
Señor Jesús,
gracias porque no te fuiste para siempre.
Gracias porque tu promesa es más firme que mis miedos:
estás conmigo — hoy, en este momento exacto de mi vida,
en esta espera que a veces no entiendo.
Ayúdame a no quedarme mirando al cielo
esperando que algo cambie allá arriba,
sino a confiar en que Tú ya estás actuando aquí abajo,
en lo pequeño, en lo ordinario, en lo que hoy tengo entre las manos.
Que mi soledad no sea un vacío,
sino un espacio donde Tú puedes obrar.
Amén.
Comentarios (0)