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¿Buscas a la Persona Perfecta?

por Catolicos Solteros

¿Buscas a la Persona Perfecta... o Estás Aprendiendo a Amar?

Cuando buscamos una relación seria, es natural tener ilusiones y expectativas. Todos deseamos encontrar a alguien con quien compartir la fe, los valores y el proyecto de formar una familia. Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces nos hacemos: ¿estoy buscando únicamente a la persona correcta o también me estoy preparando para ser la persona correcta para alguien más?


Vivimos en una cultura que suele poner toda la atención en encontrar a la pareja "ideal". Se habla mucho de compatibilidad, gustos en común y de no conformarse con menos de lo que uno merece. Aunque todo eso tiene su importancia, los cristianos sabemos que una buena relación no depende solamente de encontrar a alguien especial, sino también de crecer cada día en nuestra capacidad de amar.


Ninguno de nosotros es perfecto.


Todos llegamos a una relación con fortalezas, pero también con defectos, heridas, miedos y aspectos que todavía necesitan madurar. Esperar encontrar a una persona sin errores solo conduce a la frustración. En cambio, cuando comprendemos que ambos estamos llamados a crecer juntos, aprendemos a mirar al otro con más paciencia y misericordia.


Jesús nunca nos pidió buscar personas perfectas. Nos llamó a amar como Él ama.


Eso significa aprender a escuchar antes de responder. Significa ser honestos incluso cuando es incómodo. Significa pedir perdón cuando nos equivocamos y ofrecerlo cuando alguien nos hiere. El amor cristiano no consiste en no cometer errores, sino en decidir una y otra vez actuar con caridad.


También es importante preguntarnos qué estamos haciendo mientras esperamos.


¿Estamos cultivando nuestra vida de oración? ¿Estamos participando en los sacramentos? ¿Estamos aprendiendo a comunicarnos mejor? ¿Estamos trabajando en nuestro carácter? Todo ese crecimiento personal será un regalo para la futura relación que Dios quiera regalarnos.


Con frecuencia pedimos al Señor que ponga a alguien especial en nuestro camino. Es una oración hermosa. Pero también podemos añadir otra petición:



"Señor, ayúdame a convertirme en la persona que Tú quieres que sea para poder amar con fidelidad, generosidad y alegría."


Esa oración cambia nuestra perspectiva.


En lugar de vivir la espera con ansiedad, comenzamos a verla como una oportunidad para crecer. Dejamos de medir nuestro valor por el hecho de tener o no una pareja y empezamos a descubrir que Dios sigue formando nuestro corazón cada día.


Cuando llegue el momento de conocer a alguien, esa preparación hará una gran diferencia. No porque seremos perfectos, sino porque estaremos más dispuestos a construir una relación basada en la confianza, el respeto y la fe compartida.


Al final, el verdadero objetivo no es encontrar a una persona perfecta.


El verdadero objetivo es caminar junto a alguien que, como tú, desea seguir a Cristo y crecer en el amor cada día.


Y ese camino comienza mucho antes del primer mensaje o de la primera cita. Comienza hoy, en las pequeñas decisiones que tomamos para parecernos un poco más a Jesús.


Porque las relaciones más fuertes no nacen de dos personas perfectas, sino de dos corazones que permiten que Dios los siga transformando.



Comentarios (1)

Meses después de haber vivido el don de la conversión, aún intoxicado por el amor de Dios, me sentí lanzado a enamorarme. No solo deseaba compartir lo que Dios había hecho en mí —que muchos sepan lo que Él puede hacer en el corazón de los hombres, (eso que los conversos vivimos en ese periodo de intenso enamoramiento de Dios con mucho entusiasmo)—, sino que también deseé en ese momento compartir con alguien el estar enamorado de nuevo. Disfrutar los detalles hermosos cuando se inicia una relación, porque siempre es estimulante conocer a alguien y experimentar la ilusión de vivir el amor, un nuevo amor y el último, si eres centrado.

Anhelaba ser invadido por el pensamiento de alguien, poner en juego mi creatividad y gozar construyendo sonrisas; mirar esos ojos que brillan cuando, conmovidos, se inyectan de lagrimitas y sentir el poder que tienes para provocar todo eso; estar preocupado por el bienestar, la salud y la seguridad de la persona que te gusta.

Ese deseo era nuevo para mí, no tenía precedentes y, evidentemente, esta experiencia no pasó inadvertida. A la vez fui consciente del contraste con lo que era habitual en mí en el pasado. Antes de la conversión, yo buscaba ser amado; deseaba ser amado como todos los demás, sin advertir si se trataba de una necesidad normal de afecto o de una predisposición peligrosa a la dependencia. Mi felicidad consistía en ser apreciado lo suficiente para ser amado y entonces compartir de mí. No había saboreado la ilusión del amor pensando en darme, sino en el nebuloso deseo de ser amado. Y precisamente en mi, como no, había una necesidad de ser amado y, no esta inédita necesidad de amar. Toda esta experiencia me rayó totalmente.

Mirando a mi pasado y observando a otros —porque soy muy observador (un chismoso de la existencia humana)—, admitía que yo también llevaba un chip configurado en: mucho egoísmo y egocentrismo juveniles, y había desarrollado la necesidad obsesiva de ser amado antes que tener un deseo genuino de amar. ¿Quién en esos tiempos se pregunta: «¿Soy una persona CAPAZ de amar (en su sentido ontológico)? ¿Tengo algo sano y valioso que ofrecer o solo busco que alguien venga a darme lo que necesito, a hacerme feliz, a llenar mis vacíos o la ternura ausente en mi niñez?»
Y todos —y digo todos— caemos en esa trampa. Creamos una lista de requisitos, establecemos parámetros laxos o inflexibles, pero vamos creyendo que el factor es el otro. Ni miramos hacia nosotros para saber si realmente valemos la pena, si tenemos algo que nos haga amables y gustables de verdad. Solo nos preocupamos por cómo nos vemos ante los demás y, cuando jóvenes, nos centramos más en ser atractivos y esperar ser aprobados por el otro, más que en ser descubiertos y reconocidos. Entonces la belleza externa se identifica con la virtud, la bondad y el bien. El egoísmo entonces busca cortar esa belleza y poseerla, no admirarla, no gozarse con ella.

Y no podemos dejar de advertir que, cuando además de ese egoísmo y egocentrismo que ya de por sí busca el propio parecer y placer (por eso el "amor" en esas etapas es egoísta, pero digamos que a niveles normales, no deberíamos avergonzarnos de nuestro pasado... bueno sí, porque sí que podemos lastimar y pecar contra otros), el joven o la joven que son además exacerbadamente hedonistas, en ellos el uso y abuso de la criatura se vuelve el mismo demonio jugando al amor humano. Muchos jóvenes buscan en el otro amarse a sí mismos: se idolatran tanto a sí mismos o aman tan obsesivamente un ideal que, en ambos casos, siempre se trata de ellos mismos todo el tiempo. Ellos son el centro de todo y no tendrán límites ni consideraciones con el otro, ni con los frágiles.

Lo preocupante de todo esto es que, al igual que los bebés sanos se destetan naturalmente y otros no, los jóvenes ególatras y ultrahédonistas evolucionan. La madurez, la conciencia adulta y el sentido común afectan otras áreas de su vida, pero no su afectividad o su egoafectividad. Se vuelven peores, más exigentes; viven otras experiencias propias de la edad madura y destruyen con más proporcionalidad e intensidad a otros con su egoísmo, entrando ellos mismos en círculos viciosos de insatisfacción. Ganan un placer que se les agota prematuramente o que se les va de las manos como agua que no se puede contener; no crean ni construyen nada: devoran a los otros como bestías hambientas de placer y auto afirmación. Se vuelven ávidos cazadores porque no pueden llenar sus vacíos. Los demás son objetos y nunca son suficientes para ellos. El mundo forja esa insatisfacción porque esta es su motor: sin ella no se mueven los engranajes del mundo material, pero esta insatisfacción permea y penetra la mente y envenena el alma desde la juventud.

Muchas almas religiosas y que parecen espirituales (salvando las diferencias) son así: buscan seres perfectos e inmaculados, pletóricos de virtudes, y por supuesto, se aman o buscan amarse en otros que consideran semejantes a ellos. Si encuentran una víctima, su ego bien disfrazado dice: «Esto es lo que mereces», «Dios lo diseñó para mí»; o si son en sobremanera exquisitos, entonces están solos... ¡y qué bueno! ¡Dios perdona mi falta de caridad!, pero bien sabes que estos, por lo menos, no se hacen más daño a sí mismos ni a otros. Pidamos por los que no tienen el freno de la conciencia, porque un poco de Dios te salva de ser un monstruo o te mantiene, en este caso, en su jaula de oro sin que otros sean victimas de su santa mordida.

Los que no estamos tan torcidos y con un ego extremadamente agazapado en el alma, buscamos el amor de nuestra vida, a la persona correcta; pensamos que el destino tiene reservada nuestra alma gemela o que Dios nos tiene un compañero esperando igual que nosotros a él. Y hasta creemos mentiras como: "El amor es aceptar al otro con sus defectos y virtudes". Haz una encuesta de casados para que te digan si eso es verdad, ¡ja! Vivimos una ilusión sobre el amor, tal vez no malintencionada, pero vamos como muchos otros, como corderos al matadero, creyendo ingenuamente que la "mala suerte" de los demás no nos alcanzará: traumas, fracasos, divorcios, anulaciones por matrimonios que no debieron considerarse nunca, decepción, miedo al amor, exagerada desconfianza son la paga de tanta inconsciencia. Luego los que no creen dicen: "El problema es que el matrimonio no sirve, es la causa de que el amor se rompa; no creo en el matrimonio". Como anécdota, yo respondí una vez: "Bueno, yo no es que no crea en el matrimonio, más bien yo no creo en el hombre". Fue una respuesta a una chica alegre que me hizo su Maestro Yoda en mi paso por La Salle, ella de Filosofía y yo en Ciencias Peligrosas.

Por eso debemos conocernos y conocer el mundo. Cuestionar. ¿Así deben ser las cosas? ¿Así debemos conocernos? ¿Debo mostrar siempre la mejor careta, debo impresionar al otro, salgo pensando en un encuentro o a cazar, o tal vez mis citas las vivo en una sala de ajedrez con fachada de cafetería?

Debemos y tenemos que ver hacia nosotros mismos, ver nuestra realidad y la realidad del mundo, y cómo está posicionando nuestro corazón en función de todo ello. Qué pensamos que es el amor y cómo lo queremos vivir. Si vas en automático, vas a conseguir, probablemente, la misma amargura del pasado o la que viven los otros en el presente y muy cerca de ti; pero si todavía tienes el descaro y te persuades pensando que eso le pasa a otros por bobos, porque no tienen la brillantez que tú ostentas... es porque sigues siendo un pequeño ególatra de más de tres décadas o más que no quiere cambiar las cosas. (o ignora que las puede cambiar)

Conocer sobre el amor te permitirá purificarlo de los vicios y tergiversaciones del mundo. Así como el Vaticano II propuso volver al sentido original de la práctica espiritual y de muchas otras cosas de la vida de la Iglesia y del actuar cristiano, verás que el amor es más que estar enamorado: es un acto de la libre voluntad, y es solo tuyo, propio de ti, si tú quieres amar. El amor no es una realidad monolítica, un sentimiento que sabe, huele o se siente a amor. El amor sería virtud, actitud, convicción, acto de la voluntad, afecto, proceso psicológico... ¿recuerdas un collage? Es más: es un proceso que se vive en para alcanzar el AMOR. Así como siembras rábanos para cosechar rábanos, ¡llegamos al amor amando, qué locuraaaa! —Cuando me sienta seguro de su amor entonces podre amarla—. No pelmazo, todo lo que has hecho, genuino o lleno de defectos, incluso si lo has condicionado, es amor desde el principio.

Entonces, si conociendo la naturaleza del amor, sus alcances, sus posibilidades y todas las dimensiones que abarca (la interna para ti, la externa para los otros) lo encuentras, entonces puedes reconocer que ERES CAPAZ DE AMAR. Y esto producirá una explosión nuclear en tu cabeza. Y si además te conoces bien y te conoces en la verdad, el amor tendría la posibilidad de ser fecundo, auténtico y genuino en tu vida.

Pero mucha palabra alzada sobre el amor, crea una gran expectativa sobre él. Estamos cansados de la palabrería sobre todas las cosas. Peor, por supuesto, es amor humano, amiguito/a: será irremediablemente imperfecto, llevará sus heridas y raspones, pero en la VERDAD ya no eres el juguete ni de un ego inflamado, ni de los caprichos de tu mente, ni de la cultura y sus criterios. Aún más: puedes excluir, en la medida que quieras, no hacer participar al amor en el MERCADO de los bienes. El capitalismo está bien para muchas otras cosas, pero ¡no te metas en el amor! Cruz, Cruz. ( Para que apartes de ti estas insufribles ideas: Hombre y mujer de valor, relaciones amorosas transaccionales, acuerdo cínico de favores a cambio de compañía, que si me vendo, que si puedes pagar por mí, etc., etc., etc.).

Por otra parte, habiendo descubierto la verdad sobre ti mismo y sobre el amor, puedes ver con claridad la verdadera dimensión del matrimonio cristiano. No es un premio, aunque tengas a la chicha para celebrar un bodorrio de gran escala vecinal o la boda del año que será recordada por generaciones en la charlas de las nenas del club. Ten por claro que no es un refugio, no es una cura ni una tabla de salvación: es compromiso, renuncia a la propia individualidad (el "yo" que intenta transfigurarse en "dos"), es sacrificio, porque todo acto de dar te quita valioso tiempo y espacio y recursos que te podrías dedicar a ti mismo; al elegir a uno tan imperfecto como tú, también renuncias a otros que tienen más cualidades que el actual objeto de tu amor o que tú mismo (hay muchos mejores que acéptalo de una vez). Los objetivos y el sentido del matrimonio se tendrían que clarificar y purificar sobre otros más egoístas y mezquinos. El matrimonio es compartir con otro el camino en pos de Dios, que tiene como frutos a los vástagos como expresión del amor fecundo, pero que debería ser el apoyo y colaboración, camaradería y asociación en el camino de la ¡SALVACIÓN MUTUA!

Conclusión

El amor no es una lotería; es un trabajo de edificación que comienza edificándose a uno mismo. Preocúpate y fórmate en el amor así como lo haces con el trabajo, en la especialización profesional y en otras cosas en la vida en las que sí gastas tiempo y dinero para mejorar. Al final, el amor es una cosa de hombres: es social, es cultura, es psicológico, es moral, a la vez que trascendental y espiritual. Si eres irremediablemente el juguete de los condicionalismos (sabrosos y gustosos, eso sí hay que reconocerlo), entonces no te quejes después por reducir al amor. El amor no lo resuelve todo por magia, no es suficiente por sí solo, es mentira que el amor lo puede todo y solo basta que se amen (pero cómo sería ese amor, qué calidad y cualidades tendría... pues quién sabe, solo Dios y créeme no va a venir a explicártelo).

¿Duele mirarse a sí mismo? Sí. ¿Mirarse destruye cosas en ti? Sí. ¿Te vas a sentir avergonzado de ti mismo? Sí. ¿Da miedo ver el cochinero? Sí. Pero como yo ya lo viví, no quiero ser de los pocos que lo viven... ¡Sufre tú también, jajaja! Pero... Hey!! no pierdes nada, porque entonces ganarás la LIBERTAD para amar de la mejor forma posible. Tal vez como Dios sí lo quiere y no como estás encaprichado en vivirlo.

Que el Espíritu de Dios, que no puede enviarme un corrector en teología, moral y otras cosas, me haya asistido al escribir.

María intercede por nosotros. Amén.

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Catolicos Solteros ... Para Fe, Amistad Y Amor

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